lunes, 26 de noviembre de 2012

Sobre la comunicación y las etiquetas


SOBRE LA COMUNICACIÓN Y LAS ETIQUETAS

Ayer hablando con un amigo, me di cuenta de lo importante que es la voluntad para tener una buena comunicación. Cuando dos personas quieren entenderse lo hacen, aunque puedan tener diferentes perspectivas sobre el mismo asunto.

Sin una buena comunicación y esta voluntad de la que hablo, se pueden producir muchos malos entendidos.
En ocasiones creemos que estamos interpretando correctamente las señales que se nos están enviando, pero ya sea que por el canal por el que se está produciendo esta comunicación, no es el adecuado,  o bien porque nos asaltan antiguas creencias arraigadas de experiencias ya vividas anteriormente, hacemos un juicio de valor erróneo sobre la persona con la que estamos tratando.

Inconscientemente sentimos la poderosa necesidad de encasillar a la persona en cuestión para poder establecer nuestra situación en una relación personal del tipo que sea.
Para ello, utilizamos nuestros parámetros personales hacemos un “searching” entre todos los archivos que constan de personas conocidas en nuestro cerebro, y ¡hala! ¡ya le hemos ubicado! sin tener en cuenta que cada persona es única y preciosa por sí misma.

Esta prisa por clasificar a la gente puede arruinar el éxito de nuevas relaciones de amistad, cuántas veces escuchamos ¡qué pereza!, otra vez a empezar a conocer gente. Pero el error puede estar ahí precisamente, parece que el conocer gente nueva es una tarea pesada, en lugar de verlo como una oportunidad fantástica de recibir nuevos aires, nuevas aportaciones y experiencias.
Si nos dejáramos llevar y fluyéramos sin el error constante de juzgar a quien tenemos delante nos iría mucho mejor a todos.

Para ello os pongo este cuento que me leyeron hace unos días y que podría ilustrar en parte, el tema del que estoy hablando;  los diferentes puntos de vista ante una misma situación, sobre cómo la falta de comunicación hace que nos perdamos muchas oportunidades y sobre los juicios injustos que cometemos a veces por no hablar las cosas…

Conclusión:
 Hay que esforzarse por comunicarnos más y conocer la versión del otro, la nuestra ya la sabemos.



Caperucita Roja. La versión del Lobo

El bosque era mi hogar. Yo vivía allí y me gustaba mucho. Siempre trataba de mantenerlo ordenado y limpio.
Un día soleado, mientras estaba recogiendo las basuras dejadas por unos turistas sentí pasos. Me escondí detrás de un árbol y ví venir una niña vestida de una forma muy divertida: toda de rojo y con la cabeza cubierta, como si no quisieran que la vieran.
Andaba feliz y comenzó a cortar las flores de nuestro bosque, sin pedir permiso a nadie, quizás ni se le ocurrió que estas flores no le pertenecían.
Naturalmente, me puse a investigar. Le pregunté quien era, de dónde venía, a dónde iba, a lo que ella me contestó, cantando y bailando que iba a casa de su abuelita con una canasta para el almuerzo.
Me pareció una persona honesta, pero estaba en mi bosque cortando flores.
De repente, sin ningún remordimiento, mató a un mosquito que volaba libremente, pues también el bosque era para él. Así que decidí darle una lección y enseñarle lo serio que es meterse en el bosque sin anunciarse antes y comenzar a maltratar a sus habitantes.
La dejé seguir su camino y corrí a la casa de la abuelita.
Cuando llegue me abrió la puerta una simpática viejecita, le expliqué la situación y ella estuvo de acuerdo en que su nieta merecía una lección. La abuelita aceptó permanecer fuera de la vista hasta que yo la llamara y se escondió debajo de la cama.
Cuando llegó la niña la invité a entrar al dormitorio donde yo estaba acostado vestido con la ropa de la abuelita.
La niña llegó sonrojada, y me dijo algo desagradable acerca de mis grandes orejas. He sido insultado antes, así que traté de ser amable y le dije que mis grandes orejas eran para oírla mejor.
Ahora bien me agradaba la niña y traté de prestarle atención, pero ella hizo otra observación insultante acerca de mis ojos saltones. Ustedes comprenderán que empecé a sentirme enojado. La niña tenía bonita apariencia pero empezaba a serme antipática. Sin embargo pensé que debía poner la otra mejilla y le dije que mis ojos me ayudaban para verla mejor. Pero su siguiente insulto sí me encolerizo. Siempre he tenido problemas con mis grandes y feos dientes y esa niña hizo un comentario realmente grosero.
Sé que debí haberme controlado pero salté de la cama y le gruñí, enseñándole toda mi dentadura y diciéndole que eran así de grandes para comerla mejor.
Ahora, piensen Uds, ningún lobo puede comerse a una niña. Todo el mundo lo sabe.
Pero esa niña empezó a correr por toda la habitación gritando y yo corría detrás de ella tratando de calmarla.
Como tenía puesta la ropa de la abuelita y me molestaba para correr, me la quité pero fue mucho peor.La niña gritó aun más.
De repente la puerta se abrió y apareció un leñador con un hacha enorme y afilada. Yo lo miré y comprendí que corría peligro así que salté por la ventana y escapé.
Me gustaría decirles que este es el final del cuento, pero desgraciadamente no es así.
La abuelita jamás contó mi parte de la historia y no pasó mucho tiempo sin que se corriera la voz que yo era un lobo malo y peligroso. Todo el mundo comenzó a evitarme.
No sé qué le pasaría a esa niña antipática y vestida de forma tan rara, pero sí les puedo decir que yo nunca pude contar mi versión. Ahora Ustedes ya lo saben.
Anónimo