viernes, 17 de mayo de 2013

Generosidad




Frecuentemente me pregunto sobre el valor de la Generosidad

¿Y es que acaso sabemos todos dar? Cuando lo hacemos, ¿Qué es lo que damos? ¿Será que ofrecemos lo que nos sobra?, ¿Lo que ya no queremos? …
O nos quitamos de nuestro tiempo, atención, dinero, cosas materiales para compartirlo con otros aún necesitándolo nosotros mismos…

Ahí os dejo esta reflexión y la ilustro con este cuento que he escrito en este día tan lluvioso.


EL HOMBRE CANSADO

Una pareja de montañeros se desviaron del camino por un despiste y veían que les iba a caer la noche.

La ruta que habían elegido no era peligrosa, pero en aquella época del año las temperaturas podían alcanzar varios grados bajo cero y temían pasar la noche a la intemperie en aquellas condiciones, pues no iban preparados para ello.

Consultaron el mapa una vez más y el chico joven dijo:

-No te preocupes, si no estoy equivocado y seguimos andando 5 kms más en esta dirección, deberíamos de encontrar el siguiente pueblo.
- ¡Vaya!- exclamó ella- En lo que tardemos en recorrer los cinco kilómetros ya nos ha caído la noche. Y eso contando con que sea el camino correcto. Pero tampoco creo que estemos muy lejos, ¡No hay que preocuparse! ¡En peores aventuras nos hemos metido!!

Esperanzados los jóvenes continuaron su camino, anduvieron cinco, seis y hasta siete kilómetros, y no parecían aclararse en cuanto al punto exacto de dónde se encontraban, pero sabían que si seguían en aquella dirección, en algún momento llegarían.

Mientras tanto se había hecho de noche, y el tiempo no les acompañaba, tenían frío, sus ropas estaban mojadas y para colmo no tenían nada que llevarse a la boca. Afortunadamente todavía les quedaba agua.

- No perdamos la esperanza- dijo ella- ¡¡Llegará un momento en que veamos alguna luz!!
-¡Mira!- exclamó el muchacho - ¡Parece que hay un hombre al otro lado de la orilla!

Así era. Se trataba de un lugareño, que tras una dura jornada de trabajo se dio cuenta que no tenía agua para sus animales y había ido a buscarla al río. Por sus andares se le notaba cansado. Detectó la presencia de los montañeros y se dirigió hacia ellos.  

-No es común ver paseando en mitad de la noche a unos jóvenes como vosotros.
¿Os habéis extraviado?
- ¡Sí señor!- respondieron al unísono.
-Llevamos todo el día caminando, pero estamos seguros de que el pueblo queda ya cerca. Si no es molestia, ¿sería tan amable de indicarnos cual es la dirección que hemos de seguir para llegar cuanto antes?
- No os preocupéis, yo os puedo dar cobijo esta noche, es cierto que estoy algo cansado, pero venid, venid conmigo que la hospitalidad es uno de los valores por los que nos caracterizamos en esta región.

Los dos jóvenes cruzaron sus miradas e intercambiaron unas palabras en voz baja.

 - Oye, ¿porqué no le decimos que nos indique solamente hacia donde tenemos que ir? No me siento con fuerzas de estar dando explicaciones, lo único que quiero es llegar cuanto antes y que olvidemos todo esto. No creo que falte mucho y al final siempre encontraremos el camino, siempre ha sido así.

 - Venga anda- replicó ella- Para un buen samaritano que encontramos en el camino, además, se ha ofrecido él a ayudarnos…
 - Tienes razón, no hay mal en aceptar una mano amiga. ¡¡Me muero por una sopa calentita y descansar al cobijo de una manta!!

Los dos jóvenes siguieron al lugareño que ya no habló durante el camino, confiados en que al menos iban a poder secarse las ropas y descansar algo para reemprender el camino al día siguiente. Cual fue su sorpresa que cuando llegaron a la cabaña donde aquel hombre vivía, éste les  dijo con muy buenas palabras que si querían podían pasar, pero que él estaba cansado y que si querían algo de cenar tendrían que ir ellos mismos a por leña para cocinar y de nuevo ir a por agua al río. Para dormir les ofrecería lugar en el cobertizo, con los animales.

Quedaron sorprendidos los jóvenes por el concepto de hospitalidad de la zona, pues habían soñado con  algo caliente para su estómago y dormir junto al fuego dentro de la cabaña.

Decidieron pasar la noche directamente en el cobertizo para no molestar a aquel hombre que parecía tan cansado, al fin y al cabo quienes eran ellos para juzgarle. Y además, aquel hombre les había ofrecido cobijo aunque fuera con los animales, pero entendían por generosidad otra cosa.

Al día siguiente, emprendieron su marcha, con el cuerpo frío y dolorido pero llegaron al pueblo como sabían que finalmente harían. 

Namasté



No hay comentarios:

Publicar un comentario